Pequeños aliados

Crédito: Flavio Zolessi, Unidad de Pez Cebra, Institut Pasteur de Montevideo.
La ciencia aún necesita recurrir a animales de experimentación para comprender ciertos procesos biológicos y desarrollar posibles tratamientos para enfermedades que afectan tanto a humanos como a otros animales.
Para garantizar su bienestar, la investigación científica se rige por el principio de las 3R: reemplazar el uso de animales por otros modelos cuando sea posible, reducir la cantidad utilizada en cada experimento y refinar los procedimientos para minimizar cualquier tipo de sufrimiento. Aun así, en algunos casos no es posible sustituirlos, debido a la complejidad de los organismos vivos.
Uno de los modelos animales más utilizados desde la década de 1960 es el pez cebra, una pequeña especie originaria del sur de Asia, también muy común en acuarios domésticos.
Al igual que los humanos, es un vertebrado y comparte con nosotros una gran proporción de genes, muchos de los cuales cumplen funciones similares.
En comparación con otros animales de laboratorio, el pez cebra presenta varias ventajas: es fácil de mantener, ocupa poco espacio y se reproduce con rapidez. Cada hembra puede poner entre 200 y 300 huevos, que son fecundados externamente por el macho. Esto permite a los investigadores acceder a un gran número de embriones desde las primeras etapas del desarrollo.
Otra característica clave es que sus embriones son transparentes. Esto hace posible observarlos vivos, sin necesidad de intervenirlos, y seguir en tiempo real cómo se forman sus órganos bajo el microscopio.
En la imagen obtenida por la Unidad de Pez Cebra del Institut Pasteur de Montevideo se observan embriones en su segundo día de desarrollo (de aproximadamente medio milímetro de diámetro). En esta etapa ya se distinguen estructuras como los ojos, el cerebro, el corazón y los músculos.
Además, estos embriones han sido modificados para producir una proteína fluorescente verde, conocida como GFP, únicamente en ciertas neuronas del sistema nervioso central. Por eso, el cerebro y la médula espinal se ven con un brillo verde intenso.
Para captar esta fluorescencia, la imagen fue tomada con un microscopio estereoscópico equipado con filtros especiales, que permiten visualizar la luz emitida por esta proteína.
